Caminaría tranquilo, solitario, pero vigilado. Sus ojos se fijarían en mí como queriendo vacilar mis sentimientos apagados, pero su presencia inédita parecería conocer los pasos de mi oscuro historial. Sabía que su constante vigilancia transformaría mi perspectiva sobre el sentido de vivir; sin embargo, yo querría que su cautela no se alejara nunca.
Su cercanía se volvería cada vez más pesada, su sombra olería a incredulidad, su mirada sería un código de persecución, sus pasos me exclamarían que huyera. Mi conciencia pretendía abandonar esa compañía que jamás ambicionó, esa compañía que avivaría el dolor que un día arranqué con desespero. Decidiría eliminar mi ansiedad y me fugaría; dejando atrás una vida, un sueño, un deseo.
La obediencia pronunciaría mi nombre con libertad y mi felicidad resolvería escucharla; y aún sabiendo que lo correcto sería ofrecerle mis manos, las ocultaría para mostrar la obstinada sonrisa que mis delitos provocarían. Lloraría de satisfacción, al saber que la autoridad a la que en absoluto respetaría me enseñaría que los atardeceres volverían a ser seguros, pues la sentencia me obligaría a vivir en la prisión.